Nuevos sentidos de la memoria y el olvido

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Sábado 25 de Enero de 2020
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La nota salió publicada en la edición en papel. Foto: Luciano Thieberger.

Veinticinco años atrás, la mitad de su vida, el sociólogo argentino Pablo Nacach (Buenos Aires, 1969)  partió rumbo a España para hacer un doctorado en filosofía. Y se quedó. Allí se casó, tuvo una hija y varias publicaciones entre libros y columnas. Tan fanático de Boca Juniors como promotor de la lectura, Nacach es autor, entre otros, de Máscaras sociales. Las relaciones personales en el mundo actual. Está al frente del club de lectura y escritura “Escribir es otra manera de leer”, frase que tomó de Robert Musil, y dice que lo que juzga de sus libros es si logra dar “saltitos cualitativos” de uno a otro. De visita en Argentina, charló con Ñ sobre Ver y maquinar. La emergencia de una nueva sensibilidad (Anagrama, 2019), producto de un gran trabajo de lectura y un ejercicio de reflexión de veinte años.

Texto completo: 

Entrevista
Nuevos sentidos de la memoria y el olvido Entrevista con Pablo Nacach.

Por Bibiana Ruiz

El autor de Ver y maquinar analiza cómo las nuevas tecnologías han cambiado la percepción del mundo y nuestras formas de estar en él.

Veinticinco años atrás, la mitad de su vida, el sociólogo argentino Pablo Nacach (Buenos Aires, 1969)  partió rumbo a España para hacer un doctorado en filosofía. Y se quedó. Allí se casó, tuvo una hija y varias publicaciones entre libros y columnas. Tan fanático de Boca Juniors como promotor de la lectura, Nacach es autor, entre otros, de Máscaras sociales. Las relaciones personales en el mundo actual. Está al frente del club de lectura y escritura “Escribir es otra manera de leer”, frase que tomó de Robert Musil, y dice que lo que juzga de sus libros es si logra dar “saltitos cualitativos” de uno a otro. De visita en Argentina, charló con Ñ sobre Ver y maquinar. La emergencia de una nueva sensibilidad (Anagrama, 2019), producto de un gran trabajo de lectura y un ejercicio de reflexión de veinte años.

–Es difícil leer Ver y maquinar y no pensar en Foucault, aunque tenga más que ver con Vicente Verdú. ¿Cómo fueron sus influencias?

–Qué bueno que piensen en Foucault, allá (en España) no. El título me lo dio Vicente, yo le conté que me gustaba mucho “mirar es tocar” y él empezó a darle vueltas. El libro no es un homenaje, sino que yo lo había entregado a imprenta y Vicente, un amigo, un maestro, falleció. Yo leía sus manuscritos, y él me ayudó muchísimo a nivel laboral y personal porque llegué a Madrid en 2001, después de cinco años en Barcelona, y no tenía nada, un poco como el personaje de Átame, de Almodóvar, con 50.000 pesetas y el teléfono de Verdú. Y me ayudó. Es cierto que tengo de él muchos temas, preocupaciones sobre la sociología de la vida cotidiana, sobre que en la anécdota está el dato sociológico, ver en pequeñas cosas cotidianas cómo funciona el aparato general de la sociedad. En ese sentido me influyó mucho, como me influyeron muchos otros, pero él muy cercano. Porque si vos decís me influyó Nietzsche, me influyó Walter Benjamin, fenomenal. Pero esos son de papel. En cambio Vicente, Christian Ferrer, Horacio González te influyen desde lo personal, que es muy importante.

–La emergencia de una nueva sensibilidad, tal el subtítulo del libro, habla tanto de un nacimiento, un suceso que sobreviene, como de una situación de peligro o de desastre que requiere una acción inmediata. ¿Hay una necesidad de una sensibilidad nueva o por lo menos distinta?

–Un poco sí. Yo soy muy... en España se dice muy viejuno, soy muy antiguo. A mí me gusta leer el siglo XIX. El tema de la técnica, de la tecnología, también depende de cómo la usemos. Porque vos no sabés cuándo Nietzsche escribió El nacimiento de la tragedia, googleás y lo tenés. Eso está buenísimo. Ahora, que en una mesa estén todos comiendo y con el móvil...

–Entonces ¿qué tipo de sensibilidad necesitamos?

–Pienso que si necesitamos algún tipo de sensibilidad es no sé si un volver, porque no sé si alguna vez estuvo, pero recuperar por un lado y construir por otro un sentido de comunidad un poquito más profundo. Los lazos sociales a nivel de vínculos de vida cotidiana. No quiero ser un agorero de las nuevas tecnologías, porque tampoco me gusta, pero la técnica es lo que protege, es el techo, el tejido, el texto; el tema es cómo hacemos para protegernos.

–En el texto habla de la importancia de los sentidos y de que todos funcionen, o estén despiertos, para entender el mundo que nos rodea. Pero la sensibilidad de la que habla podría traducirse como una “necesidad de ver”. ¿Cómo es la relación de la visión y la tecnología?

–Creo que en ese sentido la mirada adquiere hace mucho tiempo un papel fundamental. Hay un texto que leemos mucho con los chicos y las chicas, de Guy Debord, que es La sociedad del espectáculo, el primer capítulo, y la visión es nuestro sentido más mistificable, el más engañoso. Se supone que es un sentido de superficie contra un sentido de profundidad como lo es el olfato, o el gusto. No me gusta dar soluciones, pero sí es cierto que ahora mismo nos tocamos poco, y el tocar es mirar. En ese sentido hace tiempo ya que la imagen ha sustituido a los otros sentidos como algo con fuerza. Cristina Morales habla de un anuncio de perfume en el que solo salen chicas y que lo único que hay del hombre es su mirada. Y es espectacular, porque el anuncio está hecho para la mirada del hombre: el hombre no está pero está la mirada del hombre y con eso ya está todo. Este mundo muy feminista, muy de lenguaje inclusivo y todas esas cosas sigue siendo muy machista.

–¿Cuáles son las consecuencias de vivir en esta “era de la imagen” y caer en un engaño óptico?

–Las consecuencias son que la gente está con el móvil todo el rato. Georg Simmel decía una cosa muy interesante acerca de que el ser humano no estaba acostumbrado, a principios del siglo XX, a mirarse frente a frente. Ahora no hace falta hacerse el dormido para no dejar el sitio a una embarazada porque estás con el móvil, y no tenés necesidad de mirar a la gente. Eso es muy curioso. Pero es cierto que en la Edad Media las personas tampoco se miraban porque no coincidían. Hay puntos de encuentro que están buenos y nos escaqueamos, que es como hacerse el boludo.

–Dice que la sociedad actual es fanática de la memoria y que contamos con una prótesis omnipresente de memoria externa global que es Google, que se encarga de recordarnos que nada es más difícil de hacer que olvidar. ¿Es posible y/o necesario aprender a olvidar?

–Es fundamental, es necesario. Y posible. Yo lo trabajo todo el tiempo, pero Jack London abre El vagabundo de las estrellas, que es un libro extraordinario, con “la única manera de olvidar es olvidar”. Después Nietzsche en Genealogía de la moral también nos habla de que el olvido es una capacidad activa del organismo.

–¿Cuáles es el efecto de contar con un archivo de la memoria?

–En “Funes el memorioso”, de Borges, el pibe recuerda todo, y no hay felicidad posible. Pero aparte Nietzsche en la Segunda consideración intempestiva lo dice con claridad, no solamente de manera individual sino para los pueblos y las culturas: olvidar para que haya felicidad posible. Cuando todo está en Google, estamos súper grabados todo el rato. No hay lugar para que entre lo nuevo. Además está todo lo que suponen en términos de control social feroz Google, los datos, los algoritmos, que vamos, si se levanta Foucault de la tumba, tiene que volver a investigar todo de cero.

–Sabemos que la memoria es un conjunto de recuerdos relatados. Según Nietzsche, un recuerdo se hace con dolor. ¿Cuál es el rol actual del olvido?

–Si tenemos al olvido, como dice Nietzsche, como una capacidad activa, lo que ha suplantado al olvido –que es muy similar pero no es lo mismo– es la desmemoria. Eso está bueno. Leer es un acto colectivo. Yo creo que los pensamientos no son de nadie, son producto de una comunidad determinada. Entonces esa desmemoria es un “me hago el tonto”. Cuando alguien hace todo por vos, tenemos una desmemoria en la que en lugar de sujetos activos somos sujetos reactivos, que estamos constantemente reaccionando a estímulos en vez de fabricar nosotros la realidad.

–Destaca la capacidad de adaptación del capitalismo aún en esta etapa de cristal y habla de la estrategia militar mediática en cada momento de la historia. ¿Cómo evalúa la estrategia de Internet, la herramienta de esta época?

–Deleuze dice que las sociedades disciplinarias de Foucault son el viejo topo que hunde la cabeza en la tierra y que las nuevas, las de las contraseñas, son la serpiente ondulada. Con la estrategia son unos genios, es un éxito rotundo. En Máscaras sociales (Debate, 2008) hablo del capitalismo gaseoso, que somos todos burbujas. Bauman se inventó lo de modernidad líquida, Vicente se inventó lo de capitalismo de ficción, de entretenimiento, y yo me inventé, para poder discutir con Bauman, el capitalismo gaseoso. Él no sabe ni quién soy, pero líquido significa que algo fluye y acá no fluye nada, estamos todos en una olla a presión. El capitalismo es muy adaptativo, y creo que está más fuerte que nunca. Mi única esperanza es que la Edad Media duró diez siglos y de capitalismo vamos dos, por ahí dentro de ocho siglos se acaba, pero no lo vamos a ver. La tierra no va a durar tanto tampoco. Me parece que todo está muy milimétricamente agarrado. Ahora ya no hay Guerra Fría, ya no hay bloques, pero hay permiso para esclavizar.