Calfucurá, en las tolderías de un estratega

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Sábado 11 de Enero de 2020
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En 1873, hace casi un siglo y medio, murió Juan Calfucurá, el mayor jefe político de las comunidades originarias de la región pampeana y de la Patagonia oriental. Fue el Jefe Supremo del Gobierno de las Salinas Grandes durante casi cuarenta años. Su muerte natural, después de una derrota aplastante, ocurrió en las tolderías cercanas a la laguna Chillhué, en La Pampa, y fue enterrado junto a su caballo, armas, alimento y bebidas para “la otra vida”. Sin embargo, durante décadas su cráneo, obtenido en la profanación de su tumba, permaneció exhibido en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Menos una pieza etnográfica que el trofeo necrofílico de una victoria militar sangrienta.

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Homenaje
Calfucurá, en las tolderías de un estratega

Por Bibiana Ruiz

Fue el líder aborigen más importante del siglo XIX, desde la Cordillera hasta la pampa. Hábil y carismático, negociaba con Rosas y Urquiza. Un encuentro multidisciplinario apoyó la restitución de sus restos.

En 1873, hace casi un siglo y medio, murió Juan Calfucurá, el mayor jefe político de las comunidades originarias de la región pampeana y de la Patagonia oriental. Fue el Jefe Supremo del Gobierno de las Salinas Grandes durante casi cuarenta años. Su muerte natural, después de una derrota aplastante, ocurrió en las tolderías cercanas a la laguna Chillhué, en La Pampa, y fue enterrado junto a su caballo, armas, alimento y bebidas para “la otra vida”. Sin embargo, durante décadas su cráneo, obtenido en la profanación de su tumba, permaneció exhibido en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Menos una pieza etnográfica que el trofeo necrofílico de una victoria militar sangrienta.

El actual ascenso de las protestas étnicas en el mundo entero, en América latina y en Argentina asumen sobre todo el reclamo por el derecho a la tierra, en conflictos incesante, como la ocupación, antes de Navidad, de una franja costera de 30 hectáreas sobre el lago Mascardi, a poca distancia de Bariloche. El asesinato del joven mapuche Rafael Nahuel, en 2017, da dimensión urgente al debate. Más allá de los liderazgos étnicos en disputa -e incluso de los eventuales impostores–, la apropiación de una pertenencia tan simbólica como los restos de Calfucurá despierta el asombro.

Las maniobras historiográficas solo fueron posibles porque el aborigen siguió siendo tratado como un forastero en la historia nacional. En la currícula escolar, el legado originario se reduce, en el mejor caso, a un conjunto de sombreados multicolores en un mapa infantil. Casi nada se enseña sobre Calfucurá, cuando casi podríamos calcarlo sobre la silueta de un héroe.

El gran cacique de mapuches y ranqueles nació hacia 1790, cerca del volcán Llaima, en el actual departamento de Villarrica, en Chile. Su padre, Huente Cura, integró la comunidad huiliche “comeque-huentru” y tenía la función de controlar el comercio entre ese lugar y la zona pampeana argentina. En 1834, un muy poderoso Calfucurá se aliaba con el Restaurador Juan Manuel de Rosas, para enfrentar a un enemigo común: una tribu borogana. La victoria en esa alianza cedió a Calfucurá el dominio sobre toda la región, que estableció su cabecera en Salinas Grandes de Hidalgo, en La Pampa.

Luego llegó una convivencia relativamente pacífica con Buenos Aires: Calfucurá recibía a suministros al tiempo que mantenía un nivel bajo de conflictividad entre los grupos aborígenes y los ganaderos. Según el historiador Guillermo David, Calfucurá manejaba un “proto-estado” en base a alianzas con otros jefes, con los que lideró a unas 200 comunidades. Fue un muy hábil diplomático con Buenos Aires y también terminó amigo de Justo J. de Urquiza.

En 1879, su tumba fue profanada por oficiales de la Campaña del Desierto, organizada y comandada por el entonces Ministro de Guerra, Julio A. Roca. Los soldados, bajo las órdenes de Nicolás Levalle, desparramaron los restos y tomaron los objetos de valor y las bebidas. La calavera del cacique, inventariada bajo el número 241, terminó en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata y formó parte de la muestra “Cráneos araucanos”.

Luego de una disputa extensa de sus descendientes, y gracias al apoyo de activistas e intelectuales, los restos de Calfucurá –que en mapuche significa piedra azul– están cerca de ser restituidos. El 17 de septiembre de 2019, un grupo de representantes mapuches, académicos y artistas plásticos se reunieron en el teatro San Martín para repensar la figura del líder. La Jornada Cultural en Homenaje al “lonko” (cacique, jefe o cabeza de una comunidad mapuche) estuvo organizada por la Comisión Intercultural Piedra Azul, con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo.

El primer reclamo al Museo por la restitución de los restos data de 1973 y recién en 2006 el Museo de La Plata retiró todos los restos humanos de origen americano que permanecían exhibidos. En 2010 se reglamentó la Ley de Restitución (25.517), que establece que los restos mortales de aborígenes “que formen parte de museos y/o colecciones públicas o privadas deberán ser puestos a disposición de los pueblos indígenas y/o comunidades de pertenencia que los reclamen”. Desde entonces, los pedidos de distintas comunidades se multiplicaron.

La jornada del 17 inició una serie de debates sobre el destino de los restos del lonko; el trazado del mapa de la “ruta del toki” (jefe militar) muestra de la influencia de Calfucurá. Para ello, se instalará una serie de hitos en diversos puntos del Wallmapu –territorio históricamente habitado por los mapuches–, rememorando la resistencia del cacique y la organización de su pueblo-nación.

La coordinación del panel sobre la figura de Calfucurá estuvo a cargo de la socióloga y escritora Maristella Svampa, quien recordó que estamos “muy lejos de la realidad de la aplicación de los derechos de los pueblos originarios: muchos de los representantes de la Confederación Mapuche del Neuquén hoy están judicializados. Los territorios que habitan y reclaman, hasta hace poco tiempo no eran valorizados por el capital”.

En 2006, la nueva constitución provincial reconoció la preexistencia de los pueblos originarios de Neuquén y pasó a considerarlos inseparables de la identidad y la cultura regional. Además, sus comunidades serían jurídicamente reconocidas.

Uno de los objetivos de la actividad fue dar visibilidad no sólo al sentido que ha tenido Calfucurá sino también debatir el lugar que tienen los pueblos originarios en nuestro país. Guillermo David, autor de El indio deseado, libro que narra la historia de Calfucurá y sus descendientes, Manuel y Ceferino Namuncurá, se preguntaba cómo se pasó de la soberanía más plena a la construcción de la idea de sumisión voluntaria y triunfo civilizatorio sobre la principal etnia que había guerreado durante siglos en la pampa y patagonia argentinas. “Como todo genocidio, lo primero que produce es la alteridad radical, construye su enemigo, y Calfucurá era el enemigo ideal: tenía capacidad para resolver y establecer un estado, tenía diplomacia, ejército, economía, territorialidad, pactos y alianzas”. Según el escritor, la reposición de la figura del cacique nos obliga a preguntarnos el por qué de la vigencia de los pueblos originarios como sujetos históricos. “Para mí la respuesta está en que él además de ser un gran político, un gran militar, era sobre todo un jefe carismático con poderes místicos, una figura que estableció un estilo de soberanía de carácter religioso, teológico y político”.

Jorge Nahuel de la Confederación Mapuche del Neuquén concluye: “Calfucurá no solo era un estratega militar hábil, también se potenciaba por el conocimiento- desarrollado en relación con la naturaleza”.

Álbumes e indagaciones

La fotografía ha sido fundamental para reconstruir los años que siguieron a la llamada Campaña del Desierto y el sometimiento de los aborígenes rebeldes. Son clave las tomadas por los ingenieros Pozzo Encina y Moreno durante las misiones topográficas en Neuquén, a cuyo álbum pertenecen las fotos aquí arriba. Están reunidas en Patrimonios visuales patagónicos, compilado por Mará Inés Rodríguez y Julio Vezub. A la derecha, retrato de Casimiro Biguá, del fotógrafo francés Esteban Gonnet, en 1864. Incluido y estudiado por Mariana Giordano en su obra Indígenas en la Argentina, 1860-1970.