César Hazaki: “Hay quien se enamora de las máquinas”

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Sábado 26 de Octubre de 2019
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La nota salió publicada en la edición en papel. Foto: Lucía Merle

La primera edición de Los deseos imaginarios del peronismo se publicó en 1983, poco antes de las elecciones y la vuelta a la democracia. La presentación del libro en el que Juan José Sebreli hablaba de peronismo, fascismo y populismo se realizó en la librería Clásica y Moderna y, según cuenta el autor, “fue un acontecimiento, porque habían pasado muchos años sin actos políticos y eso se convirtió en un acto político”. El ensayo fue reeditado en 1992 y no solo criticaba al peronismo clásico, al que definía como una variante del bonapartismo y del fascismo, sino que calificaba al menemismo –en sus primeros– como enterrador del peronismo. Una nueva edición del texto, que amplía el menemismo y abarca el kirchnerismo acaba de ser publicada (Editorial Sudamericana) y es revisitada por el autor en esta entrevista.

Texto completo: 

César Hazaki: “Hay quien se enamora de las máquinas”

Por Bibiana Ruiz

En esta entrevista, el psicoanalista analiza los alcances y el futuro del vínculo entre los humanos y la tecnología más desarrollada e invasiva.

Aunque varios sostienen que Years and years, la serie distópica, busca evitar que el futuro apocalíptico que revela se haga realidad, de todos modos, la degradación en la que el mundo se sumerge es directamente proporcional al deterioro de la familia protagonista, los Lyons. En ese futuro cercano (2024-2029), todas las grandes crisis actuales –el calentamiento global, el Brexit, las noticias falsas, la guerra comercial entre Estados Unidos y China, el desarrollo de los partidos de ultraderecha y las crisis migratorias– son llevadas a los peores desenlaces posibles. Por supuesto, no quedan afuera de esta distopía los avance tecnológicos y los dilemas que estos generan. Como el de uno de los personajes más jóvenes, Bethany Bisme-Lyons, una adolescente que, no conforme con la lotería biológica, se vuelve transhumana y sueña con vivir para siempre convertida en datos y habitando la nube. Recientemente, la desarrolladora de software Amie DD fue noticia por haberse implantado un chip RFID que le permite abrir su auto Tesla Model con un simple movimiento de brazo.

El psicoanalista César Hazaki lleva años estudiando y escribiendo sobre el tema. Su último libro, Modo cyborg. Niños, adolescentes y familias en un mundo virtual (Topía), analiza la apuesta tecnológica del capitalismo, las consecuencias de la hibridación entre los seres humanos y las máquinas y cómo la velocidad de los cambios transforma las reglas de juego. Al respecto, el autor charló con Ñ en su consultorio.

–Su libro es crítico pero nada pesimista. ¿Cómo interpretar el presente y el futuro en clave positiva?

–La idea del libro no es un sinsalida, no es un apocalipsis que apunte a que estamos perdidos. Es todo lo contrario. Apunta a la denuncia, a intentar ponerle nombre a las cosas y sobre esos nombres poder simbolizar el mundo. Si uno no simboliza el mundo en el que vive, no lo puede pensar. Hay que ponerse a laburar.

–¿Por qué cree que resulta tan difícil formular conceptos críticos?

–Primero, porque hay un retroceso del pensamiento crítico. Segundo, porque hay mucha gente que todavía cree que, con sistemas de pensamiento anteriores a esto que nos avasalla a la velocidad que nos lleva, puede dar cuenta de lo que ocurre y en realidad atrasa. Hay cosas que todos usamos del pensamiento previo, pero atrasan porque esto es totalmente distinto, tiene otras cualidades. Por eso, no lo puede pensar una sola persona, o diez; yo insisto en convocar a una masa crítica. Y tercero, que los que estudiamos estas cosas tenemos un problema muy serio, que es la velocidad con la que transcurren estos fenómenos: cuando le estamos por agarrar la pata trasera al conejo, de pronto el conejo pegó un salto y lo tenemos otra vez diez metros adelante. Entonces, el trabajo de investigación es sobre un objeto muy móvil. Tampoco se trata de hacer lo que hicieron los luditas cuando empezó el capitalismo. No se pueden romper las máquinas hoy; nosotros vivimos en este mundo de máquinas. Lo que ocurre acá es que los dueños de las máquinas son un grupo de multimillonarios muy pequeño que se apropia del mundo de esta manera. Ir contra los que están detrás de las máquinas es el asunto, ver qué están haciendo, por qué lo están haciendo, para qué sirve, pero no decir que las máquinas no sirven. Nunca la humanidad –salvo en una catástrofe grande– puede volver cincuenta años para atrás. Hay que saber usar, trabajar, saber que si vamos a ser cyborgs, seamos cyborgs con pensamiento crítico, no cyborgs ramplones que nos conducen como en un Mundo feliz a través no de una pastilla sino de imágenes.

–Usted menciona que vivimos en una ola tecnofílica. ¿A qué se refiere?

–Hay que pensar por qué pasó esto. Primero, porque hay una gran seducción: los públicos, los usuarios están enamorados de las máquinas. Ese enamoramiento ha constituido que sobre todo los teléfonos celulares se transformen en fetiches. Son como tréboles de cuatro hojas, como patitas de conejo, que si se tienen en la mano van a traer noticias extraordinarias. Y la realidad es que eso no ocurre. El ejemplo está en los encuentros sexuales, en la cantidad de gente que se deprime porque no consigue los likes que necesita. Es decir, hay un nivel de frustración importante, pero aún así el fetiche tecnológico funciona como algo que completa todo aquello que nos falta. Desde ahí,, se ejerce una gran seducción, pero las miles de millones de subidas de fotos o videos que no tienen ninguna posibilidad de relevancia hacen que la vida se vuelva más insignificante. Entonces, como modelo atractivo –chiche nuevo que ya no lo es tanto pero a la vez sí lo es y va a haber más en muy poco tiempo– ha pegado un salto enorme. Otra cosa que lograron es que el único objeto del capitalismo que casi está tan repartido como la cantidad de seres humanos que tenemos son los celulares. No hay otra cosa. No todos tenemos un auto, un cuadro o un lavarropas. Es decir, han logrado un objeto al que se accede con relativa facilidad. Lo que nosotros no terminamos de entender es que el costo que pagamos por eso no es el valor del celular, pagamos por eso la entrega de todos nuestros datos.

–Esa es la apuesta tecnológica del capitalismo de la que usted habla en el libro.

–Sí. Parece gratis subir la fotito, pero es muy caro, porque los algoritmos terminan sabiendo antes que yo lo que necesito, y me lo ofrecen. No sé si lo necesito, pero puedo tener cierto anhelo. Y eso es lo que hace que sea un gran negocio y una gran apoyatura del sistema, porque es la manera en que el consumismo es el modelo predominante en el mundo, aunque la mayoría de la gente no pueda consumir. Pero el consumo imaginario sí existe. Entonces, si yo tengo un dispositivo para poder consumir imaginariamente, el algoritmo me va a ofrecer igual algo acorde a cierta circunstancia, y hay una situación de pertenencia al consumismo que lo dan estas máquinas.

–¿Cree usted que las personas registran ese uso de sus datos y el control permanente?

–El registro probablemente está, pero para hacer algo se tendría que empezar a romper este estado de seducción en el que estamos, y eso, por alguna razón, aún no pasó.

–Pero esos estados de seducción nunca duran para siempre. ¿Qué pasa en este caso?

–Para salir de los estados de seducción tiene que haber crisis, distintas formas de crisis. Salir del estado de seducción de las máquinas es salir del estado de la parte más hegemónica del capitalismo. Porque alguien se puede quedar sin trabajo, o trabajar en condiciones paupérrimas, y no puede imaginar que haya otra forma de organización social o grupal que permita establecer o sembrar semillas en otra dirección. Todavía el capitalismo es una condición hegemónica que no tiene formas, o modelos, o grupos de gran resistencia que digan, hablen o propongan modelos distintos. Y la tecnología es la prótesis perfecta para ese modelo de soportar este mundo, adaptándose en forma al servicio del sentido común, que es la manera más ramplona de aceptar el mundo hoy. No se puede pensar otro mundo si no hay una crisis y pensadores que al mismo tiempo en las crisis den algunas llaves para que podamos avanzar de otra manera.

–¿Es el transhumanismo una forma de soportar el mundo?

–El 2045 está planteado como el punto donde las máquinas podrían hacer cualquier trabajo humano. Yo entiendo el transhumanismo como la fase hacia donde se dirige el capitalismo en esta idea de apropiarse de todo, pero al mismo tiempo destruir el planeta, que no se pueda vivir en él. Entiendo el transhumanismo como la ilusión de la inmortalidad bajo determinadas condiciones que pueden darse acá o en otro planeta; reaparece la idea de la inmortalidad bajo un concepto novedosísimo en la historia, que se alcance por medio de dispositivos técnicos lo que el emperador creía que lograría haciendo una pirámide, la inmortalidad. Nada más que lo que plantean los transhumanistas es que van a estar de cuerpo presente, o sea, van a estar como máquina y desechando lo degradado que es el cuerpo. La ilusión transhumanista es esa, permanecer perdiendo casi lo biológico y convirtiéndose cada vez más en cyborg, en máquinas inteligentes que funcionan autorreproduciéndose por su propia capacidad de inteligencia.