Graciela Fernández Meijide: “Mi espíritu político sigue vivo”

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Sábado 24 de Agosto de 2019
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La nota salió publicada en la edición en papel. Foto: Luciano Thieberger.

En Nenuca, Pablo Marmorato logró condensar 88 años de vida en poco más de doscientas páginas. El libro, o la vida de Graciela Fernández Meijide, está escrito con amor, respeto y admiración, y cuenta con testimonios variados de los que, de una u otra manera, estuvieron cerca. Todos resaltan la energía y voluntad, el carácter y liderazgo de la protagonista. Para hablar de su historia, ella recibió a Ñ en su departamento. De jeans y zapatillas, entre sonrisas y con su teléfono móvil sonando casi sin parar, habló de to

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Entrevista
Graciela Fernández Meijide: “Mi espíritu político sigue vivo”

Por Bibiana Ruiz

Una biografía retrata su vida pública y privada. Desde la desaparición de su hijo Pablo, la participación en política y su preocupación por la construcción de un futuro compartido.

En Nenuca, Pablo Marmorato logró condensar 88 años de vida en poco más de doscientas páginas. El libro, o la vida de Graciela Fernández Meijide, está escrito con amor, respeto y admiración, y cuenta con testimonios variados de los que, de una u otra manera, estuvieron cerca. Todos resaltan la energía y voluntad, el carácter y liderazgo de la protagonista. Para hablar de su historia, ella recibió a Ñ en su departamento. De jeans y zapatillas, entre sonrisas y con su teléfono móvil sonando casi sin parar, habló de todo.

–Nenuca no es el primer libro que habla de usted ni de su historia. ¿En qué sentido es especial?

–A mí criterio, primero porque lo escribió una persona que durante años trabajó a mi lado, y que empezó siendo muy joven y siguió a mi lado. Pablo me conoció cuando yo había terminado con la actividad política partidaria y, para salir de la depresión del desastre de la Alianza, me puse a escribir. Trabajaba como asistente, después en el programa de radio y también es productor en el programa de televisión. Todas experiencias muy nuevas para mí, que no soy periodista ni escritora. La vida me llevaba a escribir para desahogarme, y después para tratar de impedir que el Kirchnerismo transformara en heroico una experiencia que fue trágica. Fue atrevido de su parte querer escribir mi biografía, en el sentido de que era la primera vez que él encaraba un libro.

–¿Quién es Nenuca?

–Yo. Cuando tengo que darme órdenes internas, porque tengo que hacer algo y necesito toda mi voluntad porque mi cuerpo ya me avisa que tengo 88 y un desgaste de material, ¿a quién le hablo? A Nenuca, no a Graciela. Porque mi vieja, cuando yo nací ya me tenía elegido el sobrenombre. Mirá si era controladora la vieja. Ni siquiera esperó a que alguien me dijera un diminutivo. No, no, tenía todos los nombres acomodados, y el sobrenombre. Entonces hoy soy más Nenuca que otra cosa.

–El libro empieza con el texto "La noche en que todo cambió". Usted habló mil veces del secuestro de Pablo, pero nunca sobre él, y en el libro hay bastante. En ese sentido, ¿hablar de Pablo vivo representó un desafío?

–Siempre es un desafío porque lo que vos tratás de hacer, por lo menos yo, es tratar de ir lo más cerca posible de la verdad cuando en realidad una muerte como la de Pablo -y cualquier muerte- te lleva a idealizar siempre. Eso le ocurrió a muchas madres que hoy hablan, por ejemplo, de que sus hijos que eran militantes de lucha armada querían la democracia. Es una contradicción, querían la revolución. Hablar de Pablo (se le corta la voz) me duele siempre, por eso digo que hay un telón gris que está ahí y nunca más se va a mover, que es el trasfondo de tu dolor y de la mayor herida al narcisismo. Todo el mundo tiene un cierto narcisismo y gracias a eso sobrevivimos. Ahora, si hay algo que yo hubiera querido es recuperar a Pablo, y ahí la impotencia fue total y absoluta, obviamente, como la de tantos otros miles de familiares. Volver a ese tema no me reactiva el dolor que fue en esa época, mentiría si dijera eso, pero me lleva a una etapa de mucha angustia, mucho dolor y demás, pero que es necesaria si yo quiero decir la verdad.

–¿La desaparición de Pablo le enseñó a odiar?

–Sí, me enseñó lo que era el odio. Yo no sabía lo que era. Si alguna vez había creído saberlo, en realidad no había tenido motivo para odiar, para enojarme sí, para discutir, pero es muy profundo porque me parece, por lo menos en mi caso, que se compone también con el deseo de venganza, porque yo quería matar a los que se habían llevado a Pablo, y si eso no es odiar, que me digan qué es odiar. Con el tiempo eso fue cambiando, primero porque la realidad me dijo que no los iba a matar, segundo que fui entendiendo, y me costó, que yo tenía que prepararme por si era posible llevar a la cárcel. Era algo en lo que, aunque fuera idealizando, yo podía llegar a ayudar. Y ocurrió. Yo me dediqué a juntar todo el material que podía para, si un día venía la justicia, poderlo usar.

–El 20 de septiembre se cumplen 35 años de la presentación del Nunca Más. ¿Cómo recuerda ese momento?

–Puff. Nos habían robado dos veces un informe, el de Mar del Plata. Esa noche me quedé a dormir junto con otra gente. En el piso pusimos unos colchones grandes (se ríe), relativamente confortables; yo con terror a que pasaran las ratas que corrían ahí en el San Martín por los lugares de la calefacción, y cuidando que nadie se metiera con los papeles. Al día siguiente terminamos de fotocopiar todo. De hecho, yo tengo la fantasía de que las hojas que entregamos estaban calientes porque las fotocopiadoras de antes calentaban. Terminamos, fui al baño, me saqué la camisa que tenía toda transpirada -había llevado una de repuesto- y no había llevando toalla. Entonces me lavé como pude, me sequé con la camisa, me vestí y salimos corriendo. Los autos eran los viejos Falcon donde secuestraban, porque siempre era la policía la que nos abastecía de movilidad. Salieron literalmente sacándole humo a los neumáticos. Yo al mismo tiempo desde la Asamblea Permanente (por los Derechos Humanos - APDH) estimulado que se hiciera una manifestación, cosa que se hizo. Habían venido a hablar conmigo algunos dirigentes juveniles para preguntarme si tenía sentido que se hiciera. Les dije que sí y la verdad es que mientras se entregaba el informe, había gente alrededor de la Casa de Gobierno y cuando salimos algunos de nosotros encabezamos una marcha hacia el Palacio de Justicia para decir bueno, nosotros entregamos ahora que venga la justicia. Se despegaba nunca más golpes de estado, nunca más militares en el poder, que fue lo que votó la gente cuando lo votó a Alfonsín, Malvinas mediante. No hay que olvidarse de eso, porque somos duros nosotros (da golpecitos a la mesa de madera), tenemos que tener mucha tragedia encima para aprender, tenemos que tocar fondo desgraciadamente. Después, mirándolo a la distancia, pensé nunca más la violencia como herramienta de la política, ni literal -un fusil, una metra, una bomba-, también verbal, porque la violencia verbal en política puede estimular a algún loco para que lleve a los actos lo que el líder o el dirigente verbaliza. Para mí es todo eso el Nunca Más.

–Refiriéndose a la CONADEP, usted dijo que pocas veces uno se enfrenta con el desafío de tener que entender la magnitud de lo que pasó. ¿Para qué sirvió esa toma de conciencia? ¿Siente que perdura?

–Yo creo que sí, que hay parte de ese consenso que caló en la sociedad. Hoy, cuando vemos a alguien que hace discriminación, o religiosa, o racial, o de género, rápidamente aparecen las resistencias, por suerte. Ahora, ¿cuánto tiempo dura? No lo sé. En los años que me tocó vivir, yo creo que eso quedó, y te lo demuestra por ejemplo la velocidad con que la gente reaccionó con la muerte de Nisman, haciendo una marcha, como con el 2X1: la gente sintió que se podía poner en libertad a todos los militares y salió espontáneamente. Eso te habla de una sociedad que por ahora reacciona.

–Diez años después de eso -ahora se cumplen 25- llegó al Congreso, un año antes de la Constituyente.

–(Se ríe) Me tocó vivir muchas paradojas. Vivir la política de este país desde adentro es paradojal siempre. Como Frente Grande que éramos en esa época, partido novísimo si lo había y muy capitalino, habíamos sacado el 14% de los votos en la última elección donde salimos elegidos Chacho Álvarez y yo como diputados nacionales por la ciudad de Buenos Aires, que era nuestro nido. Cuando se hace el acuerdo entre Alfonsín y el Menemismo, porque Alfonsín percibió que Menem por el camino que fuera iba a ser un cambio en la Constitución que le permitiera reelegirse -lo iba a hacer a través de la Corte, lo iba a hacer a través del Senado, lo iba a hacer como fuere- y decidió que mejor era hacer un pacto y tratar de meter en esa Constitución una agenda más moderna, cosa que se terminó logrando por suerte. Nosotros estamos en contra de la reelección de Menem y al mismo tiempo nos parecía bien una parte, la de la incorporación de los tratados sobre todo de defensa de los derechos humanos. Entonces, nos preparamos para una nueva elección y no teníamos plata, un partido sin dinero, sin sponsors. Trabajábamos con lo que ganábamos como diputados, pagábamos las campañas con eso, y dijimos “bueno, cuántas boletas hacemos”. Si nos va muy bien, sacaremos 18%. Sacamos casi 40% de los votos, no nos alcanzaban las boletas. En un momento dado creímos que nos estaban robando las boletas, la verdad que la gente nos estaba votando, pero nos alcanzaban. Yo llevaba boletas en el baúl del coche, las pocas que quedaban, y las repartíamos de a diez para que no las robaran, y nadie robaba nada, estaban votando. Fue una sorpresa cuando entramos al Congreso, a diputados nacionales: éramos Chacho y yo, uno y dos, ni más ni menos. Eso suponía que para las próximas elecciones, que eran en el 95, teníamos que presentarnos a presidente, porque ya eran muchos votos, nos empujaban, no podíamos hacernos los distraídos. El resultado al final de esas elecciones fue una Constitución moderna que sí incorporó la reelección, redujo el período a cuatro años y cuatro años en la eventualidad de la reelección, pero sobre todas las cosas, introdujo a la Constitución -lo cual le supone valor de ley- pactos internacionales que se habían firmado. Nuestro pasado dramático nos empujaba a defender el futuro garantizando los derechos humanos y a ponerlos en la Constitución. Desde luego después tiene que estar la voluntad política de hacerlo y tienen que existir partidos que puedan pensar en ser la alternancia para que haya oposición. Este es el juego de la política. Esa ventaja nos llevó a armar el FREPASO, es decir, a ser una unidad más grande y a competir el año siguiente, donde se sacaron cinco millones de votos, que no es poca cosa. Después lo desperdiciamos, pero eso no importa, es otra constante.

–Tiene guardada la tapa de Página/12 que decía "Nace una estrella". En el libro, su hijo Martín cuenta que la acompañaba en todo y que, en el 97, no fue al almuerzo de Mirtha Legrand porque usted “se creyó que era una diva”. ¿Cree que ahí nació una estrella?

–Sí, pero... así como nace una estrella, esa estrella se puede estrellar. Las estrellas se apagan, aún las que a veces todavía vemos, ya están listas, años luz, pero acá es mucho más corto el tiempo. Yo pasé por la época en que salía de ser ministra, de haber venido ganando, y perdiendo, porque ojo que mi derrota frente a Ruckauf fue notoria, y después tener que salir a la calle obligándome, en un momento en que la gente veía un político y lo insultaba. Injustamente, porque los políticos que meten la pata no salen a la calle a caminar, generalmente van mucho más cubiertos, pero bueno, era el que tenían a mano y la ligaba. Al comentario de mi hijo le puedo decir también que es parte, creo, de la historia de padres o madres con mucha visibilidad y cómo lo viven los hijos. Por ahí yo también me sentía una diva entre comillas en el sentido de que mi palabra era la que sabía porque yo estaba donde estaba. Y la verdad que aprendí que muchas cosas que yo creí que sabía no las sabía, o no las sabía tan bien.

–Beatriz Sarlo dice que con usted se cayó una idea sobre la participación de las mujeres en la política. ¿Cuál fue su magia?

–Tal vez lo que Beatriz quiere decir -y me conoce mucho, somos amigas y fue asesora mía incluso- es que yo no dependía de ningún hombre, no tenía dependencia ni familiar ni política. El desafío más grande fue como tercera senadora acá, donde vos vas solo. Yo fui sola y tenía miedo: no tenía experiencia partidaria y era la primera vez que iba no en una lista sino sola. Tal vez por eso lo dice Beatriz, porque empezaba a parecer lo del cupo ya no como una fantasía concesiva donde se decía 1, 2, 3 cae una mujer, a ver a quién tenemos, saquemos a alguien de algún lado, aunque sea de un escritorio. O va mi mujer.

–Hay un matriarcado presente en el libro. ¿Quiénes fueron sus ejemplos?

–Es que en la familia había mujeres muy fuertes del lado de mi madre. Del lado de mi padre casi no conocí mujeres porque mi abuela se murió cuando mi padre tenía 12 años, pero del lado de mi madre... su madre tuvo que enfrentar quedarse viuda con cuatro chicos chicos, trabajar y estudiar para ser partera y después ser partera, y la ayudaba a su suegra. Y por otro lado mi propia madre -que no laburó nunca seriamente, digamos, laburó dos años de maestra pero después más bien manejó la familia- también era una mujer que cuando tuvo que enfrentar situaciones las enfrentó con mucho coraje, por eso a mí no me dejaban mucho espacio en el empuje. La primera vez que fui a una manifestación ya en dictadura eran pocos y yo le avisé a mi mamá que iba a ir. Le conté por teléfono y mamá me dijo que por favor no fuera. Yo le dije “escuchame vieja, si yo estuviera desaparecida, ¿vos qué harías?”. “Andá, yo me quedo rezando”. Mi madre era muy religiosa, con lo cual hizo tres hijas ateas. Tanto es así que cuando salí, y no me llevaron presa, me fui derecho a la Asamblea a presentar hábeas corpus por los que estaban presos, y a llamar a mi mamá y decirle “dejá de rezar que estoy bien”.

–¿El carácter es genético?

–Mi carácter no. Los caracteres se forman, se forjan. Primero hay un dicho que yo respeto mucho, es que vos hacés de tu vida lo que podés con lo que te dan. Te lo dan por todos lados, te lo da tu familia para bien y para mal. Hay cosas que vos tenés que sacarte de encima si las descubrís, sino perviven en vos y no te sirven porque no sos vos sino personajes que te habitan. Yo sentí que había actitudes que yo había visto, aunque no las distinguiera como tal, que me obligaban a hacer determinadas cosas. Siempre fui cuidadora de otros, esos son roles que te enchufan. Ahora, aún cuando lo haya distinguido, hoy puedo elegir a quién cuido, pero porque lo vi mucho análisis mediante.

–¿Cómo vivió su alejamiento de la política?

–Fue como ir en Fórmula 1 y pegar en la pared; quedé maltrecha, tuve que empezar a hacer análisis de nuevo: llegué a la analista y le dije. “mire, yo vengo por las dudas, porque no quiero caer en depresión”. Dice: “cuando uno llega con esa frase ya está deprimido”, y empezó a tironear de mí, me ayudó a escribir, hasta que empecé a reaccionar.

–En el libro Carlos Corach dice que usted se retiró en el momento que debía hacerlo, que tuvo buena intuición política y fue inteligente.

–Pregúntale a Corach, él sí que es inteligente.

–Él resalta algo que vio en usted.

–Lo que pasa es que Corach omite que él militaba desde los 18 años. Yo entré a formar parte de un partido político a los 60 y llevada primero por un episodio brutal que me cortó la vida en dos, sino yo nunca hubiera estado en un partido político.

–¿Nunca?

–Es posible, qué sé yo, pero mi camino estaba diseñado por otro lado: yo hacía psicodrama, tenía un instituto de idiomas y trabajaba como profesora. No había nada que dijera que yo iba a ir para el otro lado. Corach es muy inteligente, pero cuando uno no pertenece a una iglesia, no le cuesta abandonarla. Ojo, mi espíritu político sigue totalmente vivo. Hoy estoy presidiendo el Club Político Argentino, pero porque tengo en la sangre la cosa y la adrenalina de la política. Mi relación con la gente de la política personal es fuerte y mis razonamientos también, pero ingresar a un partido político, never more.

–De alguna forma es un retorno a la política. ¿Cómo lo vivió?

–Sí, pero no es política partidaria. Mi acercamiento al Club tiene que ver la invitación que me hicieron personas que habían trabajado conmigo, Vicente Palermo, María Matilde Ollier. Nuestra esperanza en el 2008 era saldar la grieta que empezaba a abrirse. Nos parecía muy peligrosa, de hecho lo fue, hasta el día de hoy no se ha logrado saldar, y queríamos abrirlo a distintas voces.

–Hay un tramo en el libro dedicado a su relación con el peronismo.

–Yo decía, por ejemplo, que tenía razón Perón en tal cosa. Mi familia no era peronista, más bien mi vieja era antiperonista, no sabía muy bien por qué de política nunca entendió nada y festejó cuando se creó el partido Demócrata Cristiano, porque ahí tenía para votar tranquila. Entonces me decía “ah, vos sos peronista”, o “sos comunista”, que era el colmo del insulto. En el 55 el bombardeo en Plaza de Mayo y después los fusilamientos (se lamenta)… una madrugada me desperté y ni dudas: no me hice peronista, pero dejé de ser antiperonista. [Votó a Cámpora y a Perón en el 73].

–¿Cómo ve al peronismo hoy?

–El peronismo hoy tiene la sacudida que tuvo el radicalismo en el 2001, que lo desbarrancó y lo deshizo como partido al punto de tener que hacer la alianza con el Pro y demás en Cambiemos. Le tocó al Peronismo ahora, en esta época donde está dividido en mucho, donde se tratan de ocultar las divisiones con un Fernández que intenta mostrar que va por el camino del medio, un poco al estilo Massa, pero donde cada tanto emerge como sacando de la galera una Hebe de Bonafini que te dice “mirá lo que nos hicieron los jueces, matémoslos a todos”, o “se va a ir Rodríguez Larreta como una rata”. Es decir, le sale la bronca y la necesidad de revancha, y eso no es todo el Peronismo. Cuando Schiaretti gana en Córdoba sale hablando de la república. Fernández te va a hablar de la república, pero yo no sé si cree en la república.

–¿Cuál es su evaluación de estos casi cuatro de la gestión Macri?

–Yo creo que Macri, que no venía de la política partidaria -más allá que haya sido jefe de gobierno-, creyó que el país se podía manejar como una empresa, y un país no es una empresa. En una empresa, los CEOS se equivocan, se tapa la equivocación, se corre al CEO y todo sigue. En un país la política es muy importante; el pasado todo el tiempo nos empuja al futuro, pero hay que ver, si te agarra en el presente caminando para atrás y en chancletas podés entrar al futuro con tropezones.

–Dijo que la marcha del sábado fue emocionante.

–Sí, por lo inesperado. Es decir, no había ningún aparataje preparado. No había un solo con micrófono con sonido, por ejemplo, y en buenahora, lo único que faltaba era que hiciera un discurso. Pero fue muy conmovedor: un presidente que agarra a la mujer de la mano y dice vamos porque nos están convocando, que no estaba pensado. Fue muy cinematográfico, de eso le falta mucho al Kirchnerismo. Si hay alguien que conoce de lo simbólico y de lo cinematográfico es el peronismo, y sobre todo Cristina de Kirchner que es maestra en eso, pero en esta vuelta parecía Campanella dirigiendo.

–Quizás…

–No, estaba en España. Yo no lo podía creer. Ahí estaba el que había votado a Macri, no estaba el que lo castigó y a lo mejor lo vota ahora porque en lugar de un tirón de orejas le arrancó la oreja y dice “uy, qué hice”. Ese no sé qué va a pasar, si hay o no hay, pero ahí estaba el que fue a defender su voto y su elección. Si eso va a repercutir o no, si tiene consecuencias en lo que viene, no tengo idea. Ojalá volviera a ganar Macri, y no soy macrista ni pertenezco a ninguno de los partidos comunes, pero porque me parece que ayudaría a terminar con una cuestión del populismo y a construir un país que se decidiera por fin a hacer una república democrática conectada con el mundo, no con ejes que van a nada.

–Pero usted está convencida de la renovación de la clase dirigente.

–Yo quiero creer que sí, porque he visto renovaciones. Ahora también sé de países que… y el nuestro es uno de ellos, que indefectiblemente cada tanto pegan marcha atrás.