Derecho a migrar, a huir de la crueldad

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Sábado 10 de Marzo de 2018
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Entrevista con François Héran

"Migrar es un derecho”, explica el sociólogo y antropólogo François Héran, y desafía los eslóganes fáciles y las ideas prefabricadas de los políticos. Invitado por el Instituto Francés en Argentina y el Centro Franco Argentino, el también demógrafo habló en la Alianza Francesa (CABA) sobre las tensiones que se generaron en Europa a partir de las migraciones y la crisis de refugiados. “Las Américas y Europa, continentes de inmigración” fue el título de su conferencia, tema que también abordó aquí.

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"Migrar es un derecho”, explica el sociólogo y antropólogo François Héran, y desafía los eslóganes fáciles y las ideas prefabricadas de los políticos. Invitado por el Instituto Francés en Argentina y el Centro Franco Argentino, el también demógrafo habló en la Alianza Francesa (CABA) sobre las tensiones que se generaron en Europa a partir de las migraciones y la crisis de refugiados. “Las Américas y Europa, continentes de inmigración” fue el título de su conferencia, tema que también abordó aquí.

–Para entender lo que sucede hoy hay que hacer una distinción entre los tipos de migración, las razones y sus modos, ¿verdad?

–Suelo hacer una distinción entre la migración ordinaria y la extraordinaria. Vale para Europa y también para las Américas. En los últimos decenios del siglo XIX, y hasta 1914, hubo flujos migratorios muy importantes y con un excedente en Europa, y nos damos cuenta ahora de que hubo unos 60 millones de personas desplazadas por la fuerza (esclavos, trabajo forzado o semiforzado). Después los flujos han sido mucho más regulados, y Europa quedó sorprendida por el flujo masivo de refugiados desde el Medio Oriente. No solamente por la guerra, porque de hecho, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) habían lanzado advertencias muy fuertes tres o cuatro años antes, pero los países europeos no quisieron oírlas. Estaba un poco la idea de que si uno no se ocupa del asunto, el asunto va a desaparecer. Por eso no fue realmente una sorpresa. Las ONGs también habían lanzado alertas. Y llegaron dos millones de refugiados, un fantástico revelador de las divisiones en Europa. Francia no ha sido una buena acogedora. Los ex países comunistas tienen la excusa de no tener pasado colonial, no estaban acostumbrados a la llegada de gente de fuera de Europa trabajando para la reconstrucción económica y les falta la experiencia y familiaridad con la inmigración. Y también el uso de la religión, del catolicismo, de la ortodoxia como bandera en contra del Islam. Y por otra parte está la tradición de acogida de los países escandinavos, que es muy fuerte, y la situación muy especial de los países de Europa del sur, España, Grecia, Portugal, que como habían sido países de emigración durante decenios no tienen el equipamiento jurídico para acoger las solicitudes de asilo. Esas divisiones existían de antes, pero la ola de refugiados las ha agudizado. Sin embargo, eso no debe impedir la visión de que debajo de esas olas está el océano con su palpitación ordinaria. Es decir que Francia, por ejemplo, acoge a 220 mil personas de fuera de Europa a las que les da un permiso de estancia, ¿a qué título? A título de los derechos, por ejemplo, el de casarse con la persona que quiera. También están la reunificación familiar, el derecho de un niño a quedarse en el país de inserción incluso cuando los padres no están en situación regular, y también ese casi derecho -que no lo es pero que de hecho sí lo es- de un estudiante a hacer sus estudios en una universidad de calidad. Esas tres causas representan entre el 80 y el 90 por ciento de los extranjeros que se instalan en Francia. Es más o menos el mismo fenómeno en los Países Bajos, un poquito menos en Alemania, porque allí se han especializado en la acogida de emergencia, y lo hicieron cuando la caída del Muro, cuando la guerra de Kosovo y con la instalación de ahora. Mientras que Francia, cada vez que hay una ola de refugiados que hay que acoger de urgencia no es capaz y acoge a poco más de la décima parte de lo que acoge Alemania. Es una constante. Pero sí existe esa acogida legal como cumplimiento de los derechos internacionales, que debe mucho a la acción constante de las asociaciones que se ocupan de los inmigrantes, que en Francia dan no un soporte caritativo sino uno jurídico, y que es un laberinto porque tenemos una ley cada dos años.

–¿Y la ley que apura Macron (de endurecimiento de la política migratoria) en qué consiste?

–La de Macron es una ley más. No creo que realmente vaya a cambiar por completo. Se habla de “refundación”, pero para mí no lo es, es una ley más, como las que tenemos cada dos años desde el ‘93. El objetivo es siempre el mismo: abreviar los plazos, acelerar el proceso de deportación. Son los mismos objetivos que hace 15 y 20 años. Hay una falsa idea entre los políticos, especialmente en Francia, de que controlando los flujos va a ser posible facilitar la integración, pero de hecho, el control de los flujos no funciona porque damos 220 mil permisos cada año de una forma extraordinariamente constante. Claro, ha aumentado un poquito por la crisis de los refugiados, pero es constante en Francia porque depende de la aplicación de los derechos humanos y figura en convenciones internacionales que Francia no puede negar. Pero no hacen ese análisis. El político tiene un margen de intervención estrecho en países como Francia, en los Países Bajos, en Suiza, en los países de vieja inmigración, vieja en el sentido de que desde los años 50, 60 recibimos migraciones primero de trabajo y luego de poblamiento. Hay algunos países en el mundo que tienen una migración únicamente de trabajo. La verdad es que la mayor parte de la migración que recibimos, el 80%, depende de los derechos, no de la economía. El ciclo de las migraciones no tiene nada que ver con el ciclo de las necesidades económicas. Está siempre esa idea, que parece muy infantil, de que tenemos que acoger a los migrantes en directa proporción con la necesidades económicas, pero no funciona así desde los años 70, desde la época en que hemos interrumpido la inmigración económica y aceptado solamente la migración familiar, a los estudiantes, un poco de refugiados y ya está. Entonces, ¿por qué vienen? Vienen no para reparar la pirámide de edades ni para resolver los problemas de falta de mano de obra, vienen porque tienen el derecho de venir. Y eso no depende de los políticos. Es un acto soberano de Francia y no puede desaparecer en favor de una campaña electoral.

–Usted dice que intentar reducir la migración es “negar la realidad”.

–Sí, es negar la realidad. Los políticos tienen muchas veces la impresión, y lo proclaman, de que los investigadores son soñadores, que no tienen idea de la realidad, mientras que ellos son realistas, pragmáticos, etcétera, pero de hecho es exactamente a la inversa: tienen una visión completamente irreal de la inmigración, tienen la sensación de que su poder es enorme. Ahora hay que refundar, y ese es un sesgo sistemático de los políticos.

–Que se ha exacerbado también con el giro a la derecha y con frases como “no podemos acoger toda la miseria del mundo”.

–Por supuesto. Sí, esa frase ha tenido un impacto, un éxito increíble, pero de hecho no recibimos toda la miseria del mundo. Si se toma el caso sirio, el 80 por ciento, incluso más, están en sus países limítrofes: El Líbano, Jordania y Turquía. Y entonces nosotros recibimos una fracción muy selecta de refugiados. No se trata de acoger a la miseria del mundo; la migración, incluso la más oprimida, es selectiva. Es decir que no son los pobres de los pobres los que migran, sino gente que tiene cierto nivel de recursos, y eso se ha observado en todas partes. La migración limítrofe, como la de los bolivianos a la Argentina, por ejemplo, no necesita tantos recursos. Pero la migración de lejos, por ejemplo la de África Subsahariana hacia Europa, es muy selectiva: emigran poco y los que lo hacen son seleccionados.

–¿Qué pasa con el mito en cuanto al crecimiento demográfico?¿Cuál es en realidad la relación entre los flujos migratorios y el envejecimiento de la población?

–Hay una excepción francesa en Europa por lo de la fecundidad: tenemos un número medio de hijos por mujer que se acerca a 2. Está muy por encima de Alemania, que llega a 1.5. Hay una excepción francesa en materia de fecundidad, pero no la hay en materia de envejecimiento, porque este tiene varias causas. Hay un envejecimiento por debajo del nivel de reemplazo que está ligado a la baja de fecundidad, pero también el aumento de la esperanza de vida es un factor enorme de envejecimiento que aumenta la población. La idea utilitarista de que los inmigrantes serían útiles para combatir el envejecimiento, esa justificación utilitarista de la inmigración, no es un buen argumento. Es siempre la misma idea: para tener una inmigración racional, esa inmigración tiene que cubrir los huecos de nuestra economía o de nuestra demografía. Es una idea naif, ingenua. No funciona así. Incluso a nivel mundial la lógica de las migraciones es más una lógica de derechos que una lógica económica.

-¿En qué contexto se han delineado las políticas de migración, integración y anti-discriminación en su país?

Si ahora consideramos un poco la lucha antidiscriminación es gracias a la presión de la Unión Europea, de sus directivas, a la ley vigente. Hace veinte años yo trabajaba en el Instituto Nacional de Estadística y no teníamos las variables, las preguntas en los cuestionarios que nos permitían identificar a la segunda generación, a los hijos o hijas de inmigrantes. Bastaba con hacer preguntas del estilo “¿cuál es el país de nacimiento de sus padres?”. Y fue una lucha terrible. Tomó diez años conquistar el derecho de hacer esas preguntas y así identificar no solamente a la primera generación, los que nacieron en el exterior y cruzaron la frontera, sino también a sus hijos nacidos en Francia. Lo logramos en 1999. Cuando los primeros investigadores estadísticos empezaron a calcular si con el mismo diploma, a igual edad, las probabilidades de ser reclutado, promovido, tener acceso al alojamiento eran iguales según el origen, se descubrió que no lo eran. Había una discriminación según el origen. Hicimos una encuesta después, de Trayectoria y Orígenes, donde preguntamos sobre la religión y también la religión de los padres e, indiscutiblemente, hay una discriminación para empleo ligado a la religión que es distinta a la discriminación ligada al origen.

–¿Hay relación entre las medidas políticas y las medidas estadísticas?

–Ahora mismo en Europa yo diría que las tres cuartas partes de la actividad estadística de los institutos nacionales es una actividad ordenada por la Comisión Europea, a través de la Oficina Europea de Estadística Eurostat. Entonces la autonomía nacional de los estudios estadísticos ha bajado mucho y hay un esfuerzo importante de armonización estadística en Europa, y la idea de que hay que medir no solamente para la primera generación sino también para la segunda. Ahora ¿en qué medida los políticos siguen los resultados estadísticos? Bueno, muy poco. Incluso hace un año tuvimos un coloquio sobre ese tema: ¿Por qué los políticos no siguen, no sacan provecho de los resultados de la investigación estadística? Una parte de los intelectuales, una gran parte de los políticos quieren seguir la opinión pública, están muy atentos a los sondeos pero no a las estadísticas oficiales, o las utilizan de forma instrumental o usan los ejemplos extranjeros “en tal y tal país se hace…”, pero nunca van a leer la evaluación de lo que se ha hecho.

–Pero en los debates públicos está instalada cierta desconfianza.

-Bueno, el debate público es muy sencillo: la mayoría de los franceses (al igual que los estadounidenses) dice que hay demasiados inmigrantes, hay una desconfianza muy fuerte hacia el Islam, por supuesto, y una idea de que la integración tiene que ser una resignación. La pérdida de las costumbres originarias y el llegar a ser francés de una manera invisible. En Francia tenemos un debate un poco especial porque también está la cuestión de la laïcité, esa visión de una sola república indivisible, entonces somos muy poco tolerantes. Por ejemplo la idea de que las prácticas religiosas pueden ser visibles en el vestido es algo que nos repugna y entonces somos tolerantes bajo la condición de que sea -de que quede- en el espacio privado, es decir que somos tolerantes con la diferencia religiosa bajo la condición de que quede invisible. Tenemos una concepción muy rígida de la exposición y participación pública en el espacio privado. Bueno, no lo hacemos tanto para el catolicismo, eh. Tolerar algo bajo la condición de que sea invisible es lo contrario a la tolerancia. Entonces tenemos esa lucha entre la laicidad de combate y la laicidad abierta. Los partidarios de esta última recuerdan que en la historia lo promovido fue una laicidad muy flexible, mientras que los partidarios de la laicidad de combate no conocen realmente la historia y están montando una laicidad extremadamente rígida y exclusiva. Quieren que todo el mundo se parezca, incluso en el dominio de la religión. El problema que tenemos de la república es que poco a poco se pierde el sentido del pluralismo. Cada vez que alguien dice “bueno, tendríamos que ser capaces de soportar la diversidad en el espacio público”, dicen “no, eso es relativismo” y confunden el relativismo con el pluralismo. El pluralismo es un fundamento básico de la democracia y el relativismo sería la destrucción de los valores. Detrás de la acusación de relativismo está la acusación de que no defendemos nuestros valores, entonces el extranjero va poco a poco a roer.

–En este contexto, ¿cómo resignifican las migraciones la noción de habitus de Pierre Bourdieu?

–Bueno, Bourdieu habló muy poco de la migración, porque tenía a su lado un personaje extraordinario que era Abdelmalek Sayad, un argelino que lo acompañó en sus encuestas en Argelia sobre los cambios de radicación, de reagrupamiento. Sayad ha estudiado a los inmigrantes argelinos de todas las generaciones, describiendo de manera muy fina cómo la migración es vivida por los ancianos y por los jóvenes, según hayan nacido en Francia o en Argelia. Sayad no utilizó ese concepto, no lo necesitaba. Lo que sí demostró es que es la capacidad para una parte de los hijos o las hijas de inmigrantes de convertir su habitus, su manera de ser, de parecer, en una forma extraordinaria. Entonces lo que resalta de los trabajos de Sayad es que hay una variedad increíble de las maneras de concebir la integración dentro de Francia. Una parte de los inmigrantes quieren asimilarse, perder toda señal visible de sus orígenes. Algunos lo logran de una manera fantástica. Otros quieren conservar un lazo con su país de origen, van y vienen, visitan a sus familiares, mandan dinero, son franceses, no hay lugar a dudas, pero también quieren cultivar la memoria, su cultura heredada. Y puede cambiar, puede ser asimilacionista en la cultura pero no en la música o en la alimentación. Es un poco la elección de cada uno. También están los sincretistas, no asimilacionistas o integracionistas, digamos, pero sí, les gusta moverse de una cultura a otra, viajar, son ciudadanos de Europa, del mundo. Cada año tenemos más casos de esa doble integración, entonces hay una pluralidad de modelos. Y en Francia tenemos una gran dificultad para aceptar esa idea de la pluralidad de modelos. La idea republicana integrista quiere que haya un solo modelo, pero no, si observamos a la gente, si observamos su comportamiento, hay una gran variedad, y yo no veo el mal, ¿por qué tendríamos que impedir eso? El habitus es construido, no es natural.

-Su último libro se titula “Con la inmigración”, es decir, ni a favor ni en contra, sino “con” ella, acompañando.

-Sí, es acompañar. También faire avec es “hacer con”. Debemos encargarnos, no podemos hacer otra cosa más que vivir con la inmigración. Y hay un punto muy importante en mi ensayo, resaltar el hecho de que un cuarto de la población francesa es inmigrante, hijo o hija de uno o dos inmigrantes. ¡Una cuarta parte!, es enorme. Esto quiere decir que todas las discusiones sobre cuánto nos cuesta la inmigración son como preguntar cuánto cuesta una cuarta parte de la población. No tiene sentido porque estamos mezclados y no podemos funcionar sin ellos. Por eso pienso que la idea de que somos pro, en favor o en contra de la inmigración, es una idea anticuada, obsoleta y que tenemos que trabajar hacia cosas más útiles.

El 8M hubo movilizaciones en todo el mundo. En Argentina también se llevó a cabo un Festival por las Mujeres Refugiadas organizado por ACNUR. ¿Qué sucede con la cuestión de género en la temática que usted trata?

-Durante muchos años, en los 80 y 90, y más o menos controlado por el hecho de que la inmigración era primerante un movimiento de hombres, habíamos observado que las mujeres, gracias a la reagrupación familiar, solían llegar tres o cuatro años después, e incluso ocho años después, un plazo enorme. Luego la ONU hizo estudios retrospectivos sobre las migraciones y se dieron cuenta de que había tantas mujeres como hombres. Hay algunas diferencias, por ejemplo ahora los sirios son hombres en un 80%, porque van primero pero con la idea de hacer luego la reagrupación familiar. La migración portuguesa siempre fue mixta, incluso en Francia en los años 60. En algunos países, como por ejemplo Ucrania, se observa que son las mujeres las que migran para pagar los estudios de sus hijos. Eso cambia, pero sí, se había infraestimado completamente el papel de las mujeres y también su papel en la decisión de emigrar. Hay investigadores que estudian muy de cerca la negociación entre marido y mujer para tomar cualquier decisión. Claro, el peso de la mujer en la decisión dentro del matrimonio depende de si tiene recursos personales. Algunas ramas de actividad dependen mucho de las mujeres migrantes. En fin, yo creo que la cuestión de género es importante y ha sido sobrestimada. Y ahora nos damos cuenta de que realmente no se puede separar, desde la toma de decisión hasta la realización, también en la decisión de retornar o no, de cultivar o no, de mandar dinero o no a su país de origen, todas esas decisiones son tomadas en común.