Entrevista a David Casassas: Una Renta básica universal para equilibrar la riqueza

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Sábado 15 de Agosto de 2020
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Antes de que llegara la pandemia al país, las cifras indicaban una pobreza general del 40% (que subía a 50% en niños) y un 40% de trabajo informal. Con la insistencia del virus y las consecuentes medidas de prevención y aislamiento, muchas personas perdieron sus empleos y la desigualdad, que ya era evidente, se agudizó. Las cifras proyectadas por Unicef Argentina indican que, para fin de año, las chicas y chicos pobres serán más de ocho millones. En este contexto, y al tiempo que casi nueve millones de personas reciben la tercera entrega del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), la posibilidad de poner en marcha otros mecanismos para paliar la situación ha sido tema de debate en el gobierno. Daniel Arroyo, ministro de Desarrollo Social, afirmó que se avanzará en la sustitución del IFE por un Ingreso Universal equivalente a un salario mínimo, vital y móvil: lo recibirán alrededor de cuatro millones de personas en situación de alta vulnerabilidad.

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Antes de que llegara la pandemia al país, las cifras indicaban una pobreza general del 40% (que subía a 50% en niños) y un 40% de trabajo informal. Con la insistencia del virus y las consecuentes medidas de prevención y aislamiento, muchas personas perdieron sus empleos y la desigualdad, que ya era evidente, se agudizó. Las cifras proyectadas por Unicef Argentina indican que, para fin de año, las chicas y chicos pobres serán más de ocho millones. En este contexto, y al tiempo que casi nueve millones de personas reciben la tercera entrega del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), la posibilidad de poner en marcha otros mecanismos para paliar la situación ha sido tema de debate en el gobierno. Daniel Arroyo, ministro de Desarrollo Social, afirmó que se avanzará en la sustitución del IFE por un Ingreso Universal equivalente a un salario mínimo, vital y móvil: lo recibirán alrededor de cuatro millones de personas en situación de alta vulnerabilidad.

En Libertad incondicional, el derecho a la renta básica universal (Ediciones Continente, 2020), el sociólogo David Casassas explora los caminos, prácticas y mecanismos institucionales de los que las poblaciones trabajadoras pueden servirse para reapropiarse de sus vidas. El libro aspira al rearme de recursos materiales y simbólicos para contar con instrumentos incondicionales que puedan hacer efectiva la “libertad republicana”. Allí el autor aclara que la renta básica no constituye una panacea de validez ubicua, universal y transhistórica en sí misma: la toma como eje del conjunto de mecanismos con los que operar para poder negociar vidas deseadas y vivibles. Desde Barcelona, y por Skype, Casassas charló con Ñ al respecto.

–¿Cómo se define la renta básica?

–La renta básica es una asignación monetaria de cuantía suficiente, es decir, igual o superior al umbral de la pobreza, pagada por los poderes públicos con arreglo a tres principios: universalidad, incondicionalidad e individualidad. La recibe cualquier ciudadano (personas, no hogares), con independencia de cualquier otra posible fuente de renta, comportamiento en el mercado laboral o circunstancia que acompañe nuestra vida (discapacidades, no discapacidades, o modelos de convivencia). Habría que añadir que no es una renta básica que sustituya el estado de bienestar, sino que forma parte de un paquete amplio de recursos públicos comunes dentro de los cuales también hay ingresos universales, incondicionales e individuales.

–¿Cumple una función de rescate?

–Yo creo que sí, pero puede ser un término peyorativo o positivo. Frente a los grandes planes de rescate bancarios que hemos vivido por ejemplo en Europa –en América Latina también sabéis lo que es, pero en Europa lo sabemos muy bien–, que son los famosos rescates públicos de las minorías de siempre por parte de las oligarquías de siempre. Aquí hay un llamado a un rescate del grueso del demos, del grueso del cuerpo democrático a través de recursos que hagan que todas las vidas, no las de los de siempre, algo vivible. En ese sentido, sí, por supuesto esto forma parte de un plan de rescate de ambición profundamente democrática, y yo creo que los movimientos sociales recientes, y pienso en el 15M de España, en Occupy (Wall Street) de Estados Unidos, en los estudiantes chilenos, en muchos movimientos sociales en muchos países que se han acercado a esta propuesta precisamente por por lo que tiene de rescate de una ciudadanía muy destrozada, hecha jirones como consecuencia de esta desposesión que es constante.

–¿Cómo se resignifica en el contexto actual?

–Creo que ha ocurrido algo que nos ha dejado a todos muy sorprendidos, que no es que haya mucha gente que lo esté pasando mal, sino que empezamos a pasarlo mal enseguida. Yo no sé en Argentina, donde a lo mejor se han tomado otras medidas, pero en España la gente cayó al segundo día de pandemia porque la estructura productiva, las condiciones de trabajo y las condiciones habitacionales son muy precarias. Se ha precarizado muchísimo nuestras vidas, y la pandemia, o el hecho de que la pandemia nos haga caer a tantos tan rápido ha puesto muy de manifiesto cuán importante es volver a levantar mecanismos de protección y de solidaridad social entre la población trabajadora. La renta básica es una medida por la que deberíamos parar la rueda y a partir de ahí pensar si realmente queremos vivir en ella. ¿Qué está pasando? ¿Por qué la gran mayoría no aguanta dignamente? Seguramente porque faltan medidas como la renta básica, o como todo aquello público común de alcance universal e incondicional.

–¿Cómo hacer del mundo del trabajo un lugar compatible con la dignidad humana?

–En ese sentido a mí me encanta el lema del Movimiento popular chileno por una Constituyente que hablan siempre de luchar hasta que la dignidad se haga costumbre. Hay esa voluntad de recuperar el concepto de dignidad y hacerlo nuestro, y eso es importantísimo. Se han de poder democratizar todas las relaciones sociales, pero también las de trabajo, donde la dignidad tiene que ver con la posibilidad de democratizar esas relaciones de trabajo, tanto remunerado como no remunerado (el doméstico o las formas de trabajo voluntario). Para ello es importante que quienes participan en esas relaciones cuenten con recursos para codeterminar las condiciones de la realización de ese trabajo: qué se hace, cómo, cuándo, con qué usos del tiempo, con quién, a qué ritmo, por qué, para qué. Dignificar el trabajo significa tener mecanismos para poder todos y todas, no solo los de siempre, determinar la naturaleza de ese trabajo remunerado, asalariado pero también cooperativo o doméstico.

–En el texto menciona a los trabajadores precarizados, y suena raro pensar que los que están detrás de esos negocios piensen en la Renta Básica. Sin embargo, en muchas de las compañías que los contratan la idea de la renta tiene asidero. ¿Cómo se explica?

–Habría una forma que yo creo que errónea, injusta pero posible de acercarse a la renta básica neoliberal consistente en decir “desmantelamos el estado de bienestar o lo que haya de ello, cualquier política pública, no hay salario mínimo ni rinde profesional, damos una renta básica como quien da cacahuetes y de paso bajamos los salarios”. Un mundo así igual puede ser apetecible para según quien, pero lo que digo –y decimos muchos y muchas–es que la renta básica tiene que formar parte de un proyecto colectivo democratizador, horintalizador de la vida social y por ello debe ir acompañado por ejemplo de un salario mínimo profesional para que no pueda haber chantajes a la baja a la hora de fijar salarios. También debe ir acompañado de otras muchas medidas de política pública que requieren financiación y con lo cual estas gentes a la que igual les podría interesar la renta básica neoliberal seguramente ya no les interesaría el tipo de renta básica que yo propongo, a no ser que quieran vivir en un mundo más decente. En Estados Unidos sobre todo hay unos think tanks que proponen modelos ultraliberales de renta básica y ese sería el gran peligro.

–¿Qué opina de las rentas de emergencia como el IFE?

–Yo creo que es mejor eso que nada. Si defendemos la noción de libertad robusta, de lo que se trataría es de tomar el IFE como vehículo en el que instalarse, pero a partir de ahí ir relajando las condicionalidades propias del programa e introduciendo diversas capas poblacionales para que tienda a ser cada vez más universal e incondicional. Que haya programas condicionados, focalizados, no quiere decir por parte de los defensores de la renta básica que eso se tenga que tirar a la basura de forma automática. Quizás puede ser el inicio de un camino hacia la instauración de algo plenamente universal e incondicional. Por ejemplo, es muy interesante la asignación universal por hijo e hija que tienen en Argentina: ya se ha entendido que puede haber un derecho universal –porque finalmente estamos hablando de estructuras de derechos– a un recurso por el hecho de ser niño o niña. De lo que se trata es de ampliar esa lógica a otras capas etarias para que tienda a formar parte de estos paquetes universales incondicionales de recursos.

–Cuando se refiere a pensadores republicanos, cita a Aristóteles, Adam Smith y Karl Marx. ¿Por qué los coloca alineados?

–Porque hay una consciencia de pertenecer a una tradición que es la del pensamiento político hasta el siglo XIX, una tradición republicana, de la que hay versiones oligárquicas y versiones democráticas, pero en todas ellas nunca se rompe el vínculo entre libertad y acceso incondicional a recursos. Aristóteles, Smith y Marx tenían clarísimo que el problema que sufría la gente trabajadora es que “vivía con el frenesí propio de los desesperados”, una frase literal de Smith. Aristóteles decía que los trabajadores asalariados son esclavos temporalmente limitados, o sea, esclavos a tiempo parcial. Marx hablaba de esclavitud salarial. Aristóteles era un aristócrata, Marx era un revolucionario. O sea, el proyecto político era distinto, pero la fotografía de la vida social republicana era exactamente la misma. Lo que rompe con todo esto es la tradición liberal, que es la que nos dice que a partir del siglo XIX afirmamos –nadie antes dijo lo que dijeron los liberales a partir del siglo XIX– que la gente es libre sencillamente porque es igual ante la ley. O dicho de otro modo, porque tiene un documento nacional de identidad igual, que no dice que tú eres propiedad de nadie, que no eres esclavo de nadie. Por el mero hecho de que la ley diga que somos iguales ante la ley ya somos libres. Esta es una definición de libertad que ninguno de los tres autores citados –ni nadie antes del siglo XIX– había manejado. Hasta entonces, todo el mundo sabía que solo puede ser libre quien tiene recursos incondicionalmente garantizados. Y la pregunta que habría que hacerse es ¿y esos tienen que ser todos o unos pocos? Aristóteles decía que unos pocos y seguramente Marx diría que todos. Pero el esquema, la fotografía, la comprensión de la libertad era la misma. Esto lo trabajó muy bien un filósofo español Antonio Domènech en El eclipse de la fraternidad (Akal, 2019), quien contó de un modo clarísimo también esta continuidad Grecia, Roma, repúblicas renacentistas, Revolución Inglesa, Revolución Francesa, Revolución norteamericana y cómo ahí hay un gran eclipse de todo esto a partir del auge del liberalismo. Y en cambio los socialismo heredan esa gran tradición republicana.

–Hay críticas también a la renta básica. Se dice que es inviable y que podría ser una utopía de emancipación...

–Muchas medidas y realidades que hoy son de sentido común se tildaron de utópicas. De lo que se trata es de poder instalar en el sentido común societario algo que me parece tan de sentido común como que una vida no se negocia, como que no podemos vivir constantemente pidiendo permiso a quienes controlan los recursos. Esa gente que toma consciencia de su situación puede ser el sujeto político que permita que esto que a algunos les parece utópico deje de serlo. Aquí no hay utopía posible porque es una cosa totalmente practicable; lo que hay es un verdadero problema de viabilidad política que tiene que ver no con que esto sea utópico sino con que es conflictivo.

 

BÁSICO: DAVID CASASSAS

Barcelona, España, 1975, profesor de Teoría Social y Política (Universidad de Barcelona) Es vicepresidente de la Red Renta Básica y miembro del Consejo de Redacción de la revista Sin Permiso y de la Junta Directiva del Observatorio de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC). Fue secretario de la Basic Income Earth Network (BIEN) y forma parte del Consejo Asesor Internacional de la organización. También es autor de La ciudad en llamas. La vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith (Montesinos, 2010) y editor de Revertir el guion. Trabajos, derechos y libertad (los Libros de la Catarata, 2016) y, junto con Daniel Raventós, de La renta básica en la era de las grandes desigualdades (Montesinos, 2011).